Jokin Mitxelena, Premio Euskadi de Ilustración

Jokin Mitxelena (San Sebastián, 1962) acaba de ser reconocido con el Premio Euskadi de Ilustración, concedido por el Gobierno Vasco, por su libro ‘Ipuin Kontalariaren Lapikoa’ (La chocolatera del cuentacuentos), con texto de Pello Añorga y publicado por Aizkorri-everest en 2009. Su relación creativa con este escritor es fructífera ya que reciberon, en 2007, el Premio Etxepare por ‘El Gran Guerrero’.

Mitxelena ilustra en este título la historia de un cuentacuentos que pone al fuego su chocolatera. Nos pregunta cuántos somos: diez. Pues nos contará el cuento de los diez ratones tomando chocolate y más chocolate hasta que el cuento acabe. Mientras cuece nos narra el relato de los diez ratones que se quedaron dormidos y el gato los metió en el saco.

“¿Cómo sigue el cuento? ¡Cuéntanos, cuentacuentos!”, le preguntamos. Los ratones gritaron. Nosotros también hemos gritado. Entonces han entrado nuestros padres en la biblioteca, pero ¡los hemos echado! Los ratones se escaparon, se ocultaron debajo de unas piedras. El gato, en vez de a los ratones, se tragó las piedras y acabó en el fondo del río. Entonces el cuentacuentos termina de cocer el chocolate y nos lo hemos comido entre todos.


Nacido en San Sebastián, allí pasa su niñez y de allá son sus primeros recuerdos. Estudia Bellas Artes en Bilbao. A partir de 1985, al tiempo que comenzaba a ejercer como profesor, empieza a publicar sus primeras colaboraciones como ilustrador. Desde entonces se ha dedicado, cada vez más intensamente, a esta actividad.

En 1995 acaba trasladando su residencia a Alemania para volcarse por completo en su vocación. Actualmente colabora con editoriales españolas y alemanas (Destino, SM, Alfaguara, Baula, Bromera, Edebé, Aizkorri, Elkarlanean, Everest, La Galera, Pamiela, Susaeta, Txiliku, Kumon…), no sólo como ilustrador sino también ejerciendo de autor de libros infantiles y juveniles. Su firma es habitual en el Financial Times Deutschland, además de poner imagen a proyectos en diferentes instituciones públicas.

Actualmente trabaja en la serie de aventuras ‘La tribu de Camelot’ (Destino Infantil & Juvenil), de Gemma Lienas, cuyos volúmenes se suman a una extensa bibliografía integrada por títulos como ‘Pantaleón se va’ (SM), ‘Tras la pista del abuelo’ (Alfaguara), ‘Karakolaren Barruan’ (Alkar), ‘La bruja desdentada’ (Bromera), ‘El diablo en el cuerpo’ (Elkarlanean), ‘Vivo en dos casas, ¿y qué?’ (La Galera)…


Aprovechamos la concesión del premio para conversar con Jokin…

¿Cómo se recibe un premio de tu tierra desde la lejana Alemania? ¡Con mucha alegría, ya lo creo!  Y extrañeza. Estaba en la Feria de Francfort y me vinieron a felicitar unos amigos que estaban más enterados que yo, pero no me decían de qué. Pensaba que sólo querían que les pagara el café.

Te separan unos cuantos kilómetros, pero sigues conectado y publicando aquí. En este oficio da bastante igual dónde te encuentres físicamente. Incluso creo que tengo más contacto con algunos autores que si viviera en el lugar. Imagino que por eso de tener que administrar bien el tiempo que estoy. Además, todos te atienden rápidamente después de venir “desde allí”.

¿Cuál ha sido el proceso creativo de este libro? Era importante el escritor, Pello Añorga, al que conozco desde la edad de meternos en todos los charcos. Con él ilustré mi primer libro. Posee un tono único. Me hace textos a la medida.
En este caso, como el personaje era él mismo, sólo tenía que imaginarle tal y como yo lo conozco: en un charco, o sea, descalzo.
Es un texto  que me permitía un punto radical y extremo, que es donde creo que más gracia tienen los dibujos.

¿En qué te inspiraste? Recordaba los cuentos que oía de niño, aquellos que me dejaban asombrado aunque no entendiera nada. No comprendía por qué la bruja tenía que convertirse en roca, ni lo que tenían que ver los huevos con el cambio de voz. Pero estaba alucinado. Niños asombrados y ratones asombrados. Y no un asombro normal sino uno ¡tremendo!

¿Qué aportas al libro desde la ilustración? Eso es algo que nunca he sabido muy bien. Imagino que una respuesta correcta sería que los dibujos hablan más para los sentidos que para la cabeza. Yo, imagino que como algunos, primero miro las imágenes y luego leo el texto. Eso si me gustan los dibujos.
La respuesta honesta es que me encanta dibujar y que el lector , que sabe más que yo, encuentre lo que le aporta.
En este caso Pello Añorga escribió el relato pero dejó espacios sin aclarar. A veces hace eso y se deja sorprender, no ya por el aspecto que coja el libro sino por cómo resulta la historia. Le agradezco la confianza que deposita en mí porque, efectivamente, la cosa no siempre acaba bien.

¿Qué técnica has empleado? Soy muy poco ortodoxo con el oficio. Aquí utilicé rotulador negro, acuarela, tinta y lápices de colores.

Ahora te conceden este premio, pero los escolares de las ikastolas llevan años eligiéndote como uno de sus ilustradores favoritos… Votan por los ilustradores y escritores de los libros que leen en la escuela y cada año me dejan bastante bien parado. Esto me hace una ilusión enorme.
Los autores sabemos lo que piensan los expertos sobre nuestra obra. Así quienes creamos para niños solamente nos enteramos indirectamente de lo que les “debe” gustar. Así que todo lo que llegue directamente de ellos, por muy parcial que sea, me parece que vale mucho.

Con una amplia trayectoria a tus espaldas, ¿percibes una mayor valoración cultural de la ilustración gracias a premios como éste? Entre editores y autores, sí. Imagino que el premio en algo decorará el currículum. Por otro lado, los ilustradores vivimos mucho más de lo que hacemos que del nombre.

Desde Alemania, ¿cómo ves la ilustración española y, en concreto, vasca? Veo que la juventud viene pisando con un fuste tremendo.

De paso, ¿qué tal si nos acercas a la creatividad de tu país de residencia? Iría un poco atrás y otro poco fuera del oficio. Desde que vivo aquí me sigue chocando el gusto de algunos por lo decadente y el aspecto abandonado: aceras llenas de hierbajos, tejados con moho y cuervos, ramas que nadie se molesta en cortar y así. Se puede encontrar esa estética por todas partes.  Y todo en medio del que se suponía el país del orden y el rigor.
Y más cosas viejas: la tradición de leer en alto a niños y mayores o que sigan siendo objetos de culto los álbumes de Wilhelm Busch e imágenes de Carl Spitzweg. Ya entiendo de dónde salen Janosch, Heine, Erlbruch, Heidebach y Junge.

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