Pacheco sueña a Kahlo

‘Frida Kahlo (una historia posible)’, de Anaya, conjuga tres universos excepcionales: el de la pintora de Coyoacán y los de sus dos compatriotas, las palabras de María Baranda y las ilustraciones de Gabriel Pacheco.

Esta es la historia de algo que pudo haber sido o que sucedió de distinta manera. En las historias posibles hay personajes verdaderos y otros que no lo son. Frida Kahlo sí existió. Ya desde pequeña miraba el mundo y quería representarlo, pintarlo, dejar constancia de su visión. Su vida estaba enfocada a ver, a descubrir con los ojos las cosas pequeñas, aquello que pasa inadvertido. Frida y su padre intentaban nombrar todo como si fuera la primera vez: tierra, carbón, piedra, cielo, agua, pájaro…

Aventurarse por sus páginas es traspasar la frontera de una nueva realidad tan fantástica como la de la protagonista o sus creadores. A continuación transcribimos la semblanza que Pacheco nos regala en la solapa de esta evocadora obra.

Una muestra de aquello con lo que toparemos:

Vive cerca de un río que parece el mar, en donde seguramente comienza el mundo, aunque también podría ser donde termina. Allí los barcos lloran dulcemente al entrar por la ciudad y los árboles son ancianos desde que nacen. Eso dice. Vive allí desde hace miles de años, aunque en realidad son solo tres. Sobre su mesa de madera sueña con volar. Así pasa los días y se hace viejo junto a un rinoceronte que se llama Leopoldo. Por las tardes se queda mirando las azoteas vacías de la ciudad y asegura que ahí, en esa ventana, nacen todas las nubes del mundo. Eso cree ver, igual solo lo imagina, aunque creo que ese es su oficio.

Para él la idea del ser humano es como la de un náufrago eterno, como el pájaro del que habla Lorca: un sueño que navega en una botella en alta mar. Jamás sabremos si llegará a alguna playa, pero soñamos con ello.

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