Archivo para Libros

Rotkäppchen, de Adolfo Serra

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Rotkäppchen y el lobo pasean por los bosques de Alemania y Austria con Aracari Verlag. Enhorabuena a  Adolfo Serra por su versión ilustrada de Caperucita Roja sin palabras, que no muda. Está aprendiendo muchos idiomas en sus ediciones internacionales.

España a través de sus leyendas

El castillo de irás y no volverás, los amantes de Teruel, el Pou de Na Patarra, los ahorcados de Miluce… Las ilustraciones de Raúl Allén, sin necesidad de echarnos el país en la mochila, nos transportan por los ‘Cuentos y leyendas de la geografía española’, recogidos de la tradición oral y escrita por Seve Calleja para Editorial Juventud.

Claudia Degliuomini presenta su último libro con Gustavo Roldán

Claudia Degliuomini ha presentado con Gustavo Roldán en el Centro Cultural de España en Buenos Aires su última colaboración, ‘Carnavales eran los de antes’, que ha publicado Edelvives. En el encuentro también conversaron con Carlos Silveyra, Inés Rivera, Graciela Pérez Aguilar, Didi Grau, Natalia Colombo, Lancman Ink y Elba Rodríguez.

Jesús Aguado pone cara a ‘El Mochuelo’ de Delibes

“Hay que hacer cada ilustración como si fuera la última”. O como si fuera la primera. Porque “lo importante es el proceso y, si disfrutas con ello, tienes la batalla ganada”. El ilustrador vallisoletano Jesús Aguado (1976) afronta estas semanas el reto de ponerle cara, cuerpo y textura a las vivencias de Daniel ‘El Mochuelo’, el inolvidable crío de ‘El camino’, de Miguel Delibes, que se dio de bruces con la madurez en su tránsito del campo a la urbe. Artículo completo, de Antonio Corbillón, en El Norte de Castilla. Fotografía: H. Sastre.

Taller de corazones

Cuando llega la noche y el silencio de los soñadores inunda la ciudad, del taller de corazones surgen misteriosos sonidos, porque… Matías tiene un secreto.

‘Taller de corazones’ recrea una artesanía maravillosa en la que no se arreglan zapatos, ni paraguas, ni se restauran muebles o se zurcen descosidos pantalones. Matías, el protagonista, repara —con el mismo mimo y cuidado que pone todo artesano— corazones dañados.

Su trabajo nada tiene que ver con el de un cardiólogo ni su taller con un quirófano. Con una estufa de leña calienta corazones helados; con agujas de plata cose corazones rotos; y con unas pinzas de olvido ajusta la hora de corazones que atrasan para que no se entristezcan con los recuerdos del pasado.

Para los “males del corazón” se recurre, convencionalmente, al efecto mitigador del paso del tiempo. Sin embargo, Arturo Abad nos hace soñar —en su primer cuento editado— con la posibilidad de que los daños emocionales puedan tener tan fácil remedio, como un dobladillo descosido o un tacón roto.

No obstante, no hay frialdad en el trabajo del protagonista ni en la narración del autor, cargada de ternura, consciente del simbolismo afectivo y sentimental atribuido universalmente a este órgano. Imposible tampoco no conmoverse con el secreto de Matías, que nos revela la generosidad sin límite y capacidad de sacrificio del que ama verdaderamente.

Este increíble taller y su protagonista sólo podrían cobrar vida en las siempre ensoñadoras imágenes de Gabriel Pacheco. El ilustrador mexicano juega intencionadamente con dos colores: el rojo y el azul, indisociables del corazón, la sangre que a través de nuestras venas azules es bombeada.

“Dicen que nuestro corazón es del tamaño de nuestro puño. Si es así, sea entonces el de los enamorados una mano abierta por la que vuela la vida”, proclama Pacheco. Seguramente este es el motivo de que centre la carga narrativa de las imágenes en los delicados y etéreos protagonistas: Matías y su amada Beatriz, a los que él ve como “dos opuestos que se persiguen infinitamente”. Por ello, en sus ilustraciones es él quien sale al encuentro de ella cada primavera —estación enfatizada por un collage de telas de flores que trepan por los árboles— en el “juego incesante que se enhebra por el hilo del tiempo”.

El hilo es una imagen recurrente y conductora en la narración visual que realiza complementaria al texto de Arturo Abad y que el ilustrador justifica en el hecho de que “nuestros corazones se tejen del hilo que fecunda, que se ovilla, que es crisálida de flor: esa promesa que es la vida misma”.

Igual de presentes están las latas, también con finalidad simbólica: “nada está perdido, siempre podemos comenzar cosas: es como la lata que rueda por el tiempo hasta que retoña una primavera como un tiesto lleno de flores”. Así nace el amor o así lo ven y lo cuentan Gabriel Pacheco y Arturo Abad.